Publicación compartida en Facebook, desde Couyou, Francia, el martes 18 de noviembre de 2025, un texto de saludos enviado por Roland Forgues desde Francia para ser leído la noche de la presentación del libro de Ayala «De las profundidades del Titicaca a las alturas andinas, la travesía sideral de Roland Forgues»
DESDE LA OTRA ORILLA
Por: Roland Forgues
En medio de la alegría y felicidad que me dan la salida y presentación del libro de José Luis Ayala «De las profundidades del Titicaca a las alturas andinas, la travesía sideral de Roland Forgues», no puedo dejar de evocar en este acto académico al que la lejanía me impide estar presente la memoria de dos intelectuales amigos de la Universidad Ricardo Palma de Lima.
Dos intelectuales que fueron en las últimas décadas poderosos estímulos en mis actividades de estudioso de la realidad peruana. Ellos tienen que ver también directo o indirectamente con los orígenes de esta publicación de José Luis Ayala.
Quiero hablar de los doctores poetas Iván Rodríguez Chávez, rector de la Universidad –fallecido el 29 de diciembre de 2023 – y de Manuel Pantigoso Pecero, ex Director de la Oficina Central de Extensión Cultural y Proyección Social de la misma universidad y Presidente del Instituto de Investigaciones Ricardo Palma –fallecido el 10 de marzo de 2024 –.
A modo de homenaje póstumo, y sin explayarme en el asunto diré simplemente que la obra multifacética y monumental de estos dos incansables investigadores, creadores y diseñadores de proyectos – obra que he tenido el placer de abordar en distintas oportunidades y estudios críticos– es una obra única y atemporal.
Ella se mueve en el tiempo sin tiempo de la utopía como un itinerario iniciático para la juventud en busca de un mundo mejor.
En sus escritos y creaciones Iván Rodríguez y Manuel Pantigoso nos llevan por el camino del descubrimiento de la condición humana, de la identidad individual y colectiva de los pueblos originarios, de la libertad y solidaridad de los seres humanos en general, de la utopía redentora que tanto nos preocupa.
En mi trayectoria personal, ellos han hecho de mí, amante y estudioso del Perú antiguo y moderno, uno de sus fieles acompañantes en las múltiples actividades de la Universidad Ricardo Palma y del Instituto de Investigaciones de la misma universidad.
Al mismo tiempo terminaron convirtiéndome en uno de sus indefectibles amigos personales. Así como el poeta y yatiri aimara José Luis Ayala, autor de este libro, siempre atento a las manifestaciones culturales, participante activo en los eventos académicos, al que agradezco sinceramente desde el fondo de mi corazón.
Aprovecho para saludar nuevamente al infatigable defensor de los pueblos y culturas originarias, de la civilización quechua-aimara y de sus más insignes representantes como el puneño Gamaliel Churata tan poco considerado en vida, como fue el caso también de José María Arguedas en sus años de plenitud creativa.
Rodeado del afecto que siempre me testimoniaron Iván Rodríguez y Manuel Pantigoso, y de las atenciones de los colegas de la universidad, colaboradores, personal administrativo, músicos, actores de teatro y coros universitarios de inmenso talento que iluminaron tantas veces mis conferencias en el Ccori Wasi de Miraflores, siempre me sentí en la casa de estudios que representaban como un verdadero pez en el agua.
Hago mía, extendiéndola al propio autor, la dedicatoria de Iván Rodriguez a su amigo Manuel Pantigoso en su poemario Jardín de cosas y de circunstancias donde dice:
A
Manuel Pantigoso
Poeta de la amistad
Palabra de la sangre
Arte de la hermandad.
Desde el día en que conocí personalmente a Manuel Pantigoso, eminente figura de la generación poética del 60, en Lima quien me presentó a su amigo rector Iván Rodríguez Chávez, no he dejado de alternar con ellos tanto en el campo de las relaciones laborales y profesionales como en el campo de la relaciones privadas y fraternas.
La estrecha relación de amistad que me vinculó a Manuel Pantigoso permitió, entre otras cosas, que varios cuadros del su padre pintor sirvieran para ilustrar la carátula de algunos libros míos de investigaciones literarias, como el óleo “Agitación de la belleza” que ilustra tan maravillosamente el testimonio del poeta proletario Leoncio Bueno recogido en «Cantar del golondrino» , la témpera “Cosco Soncco” de ¡Fabuloso Perú!, y más recientemente los óleos “Amanecer en las cumbres”, y “Biografía en rojo” que ilustran mis últimos libros de ensayos: «Sinfonía solar, estudios críticos sobre creación peruana » y «Vallejo dar forma a su destino celebrando la utopía».
Varios de esos libros fueron publicados a solicitud del propio doctor Manuel Pantigoso y con el apoyo del rector Iván Rodríguez por la Editorial Universitaria Ricardo Palma.
Me es particularmente grato subrayar en esta ocasión la invalorable tarea del hijo poeta para preservar, dar a conocer y divulgar la monumental obra del padre pintor.
A tal punto que padre e hijo fusionan en lo que, el día de la presentación en Paris del hermoso libro Pantigoso fundador de los independientes llamé “Los Pantigoso. poética del color y de la palabra”.
Todos estos años de intensas participaciones en el Mes de la letras organizado por la Universidad Ricardo Palma, en las reuniones del Instituto de Investigaciones –del que el sólido roble Estuardo Núñez presidente en ejercicio del Instituto y de la Academia Peruana de la Lengua me hizo miembro – fueron frutíferos en mi dedicación al estudio del Perú, de sus culturas y de sus gentes.
Consagradas a la revisión de las Tradiciones del Patriarca de las letras peruanas, estas reuniones animadas por Manuel Pantigoso e Iván Rodríguez acompañados de Wilfredo Kapsoli, Mario Caldas, Eduardo Arroyo, Rosario Valdivia Paz-Soldán, Ofelia Roque, Áureo Sotelo, entre otros investigadores y amigos de dentro y de fuera, han sido para mí años de plenitud humana e intelectual desembocando en la publicación de varios libros de estudios críticos.
Tan sólo recordaré aquí el dedicado al Patriarca de las letras peruanas que da su nombre a la universidad: Ricardo Palma, caballero en su burro. Negritud, disidencia y utopía.
Por ello, la voz de Iván Rodríguez y la de Manuel Pantigoso se funden en mí en una sola voz que va resonando en mi mente y corazón con la profundidad de la conciencia humana hecha poesía.
Pues por encima de todo, Iván Rodríguez y Manuel Pantigoso fueron, para mí, poetas mirando al porvenir tañendo su esperanzada lira en el resplandor de la hoguera del caótico presente.
En este momento de rememoración se me ocurre que aquello que Iván Rodríguez estampaba en la “Presentación” de la colección «Palabra viva aumentada» coeditada por Editorial San Marcos y Editorial Universitaria Ricardo Palma (Lima, 2011), bien pudo haber sido escrito por mí acerca de su propia actitud frente a lo humano, la vida y creación:
Mediante el tono dialógico y la predilección por las fuentes orales,[Roland Forgues] recoge el movimiento interior del alma peruana, de sus problemas y posibilidades. De allí que su permanente búsqueda, con el “otro”, de una palabra crepitante aparezca siempre macerada en el propio color y calor de su espíritu.
Desde la otra orilla a la que dieron el salto mortal tan caro al poeta Octavio Paz, Iván Rodríguez y Manuel Pantigoso están celebrando la salida de este libro de José Luis Ayala.
De permitírselo el imprevisible destino, seguro que les hubiera gustado poder oler la tinta fresca de la imprenta de su propia universidad saboreando cada página y degustándola parecido al sagrado vino de la Abadía de Couyou.
Editar el libro fue el deseo y compromiso oral que tuvieron con el autor José Luis Ayala. Pero las nuevas autoridades decidieron cambiar de rumbo.
En el Olimpo de la creación, los veo cantando con su lira de poetas en búsqueda del quimérico santo grial, celebrando la utopía de un nuevo mundo, mientras el viejo mundo está ardiendo en un gigantesco incendio.
Por ello, acompañando la lira del poeta, terminaré estas breves palabras de homenaje con un brindis desde mis tierras de los Pirineos franceses con el divino néctar de mi viña de Couyou, diciendo con Octavio Paz:
La poesía nos abre la posibilidad de ser que entraña nuestro nacer; recrea al hombre y lo hace asumir su condición verdadera, que no es la disyuntiva: vida o muerte, sino una totalidad: vida y muerte en un instante de incandescencia.
¡Salud, hermanos! Aquí, en ese instante de incandescencia, estamos reunidos todos en un espacio infinito y en un tiempo sin tiempo.
No quisiera despedirme, amigos todos, sin expresar nuevamente mi sincero y profundo agradecimiento al yatiri y poeta aimara José Luis Ayala por la publicación de este libro hecho de verdades y mentiras ciertamente inseparables.
Un libro, hecho de realidad y ficción, de historia y mito, de amor y rabia, que no son sino las aguas siempre renovadas de un tumultuoso río, a imagen y semejanza del Pachachaca tan poéticamente cantado por José María Arguedas, en su largo caminar hacia la Mar de la eternidad, o el inframundo de los quechuas-aimaras.
Es el ajayu watan de Gamaliel Churata, el misterioso y sagrado retorno a la semilla de las alturas andinas a la profundidades de Titicaca.
Fuente: Facebook | Roland Forgues
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